Si apostamos por la continuidad de la Unión Monetaria Europea y queremos que España permanezca en ella sin que el sufrimiento de sus ciudadanos sea intenso, duradero y, por ello, inaceptable, nos parece que nuestro país debe plantearse alcanzar en el medio plazo los dos objetivos siguientes:
Recuperar la competitividad perdida durante la década pasada. Se lograría manteniendo una tasa de inflación 1 ó 2 puntos por debajo de la inflación alemana.
Alcanzar una tasa de crecimiento del PIB para que el aumento del empleo resultante permita absorber el stock de desempleo actual.
Las relaciones entre estos dos objetivos son complejas: si la recuperación del empleo fuese muy rápida, se haría más difícil lograr la moderación salarial y, por tanto, el diferencial de inflación con Alemania. Por otra parte, la reducción de la tasa de inflación producirá efectos contractivos –eleva el tipo de interés real y la carga real de la deuda–, efectos que habría que neutralizar aplicando políticas de demanda expansiva.
Los dos instrumentos para alcanzar estos objetivos son:
La política fiscal expansiva ¿Es necesario argumentar que el aumento del empleo no es un problema dependiente de la regulación del mercado de trabajo sino del crecimiento de la demanda? Por tanto es preciso estimular ésta con el único instrumento que poseemos: déficits fiscales superiores a los derivados de la acción de los estabilizadores automáticos que lleven la renta hasta su valor potencial. Límite de este instrumento: la desconfianza de los mercados ante el inevitable crecimiento de la deuda pública que se produciría.
Política de moderación salarial pactada: consistiría en que los sindicatos, al unísono, acuerden crecimientos salariales suficientemente bajos para lograr un diferencial de inflación negativo prefijado respecto de Alemania.
La aplicación simultánea de ambas políticas exigiría un acuerdo sindicatos-oposición-Gobierno por el cual cuanto mayor sea la moderación salarial aceptada más expansiva debería ser la política fiscal que se aplique.
Podemos imaginar con este planteamiento dos escenarios. En el escenario optimista, los trabajadores acceden a moderar de forma sustancial sus crecimientos salariales y el Gobierno se atreve –dando un pase de pecho a la ortodoxia vigente, es decir, al fanatismo vigente–, a incurrir en déficits y los mercados toleran el envite. España recuperaría a buen ritmo competitividad y tasa de crecimiento y el paro empezaría a reducirse porque tanto la demanda interna como la exterior estarían creciendo.
En el escenario pesimista, ni los trabajadores aceptan de forma coordinada la moderación ni el Gobierno se atreve a aplicar una política fiscal claramente expansiva. También en este caso se moderarían –lentamente– los crecimientos salariales, pero únicamente como consecuencia del desempleo, que continuaría aumentando o, al menos, no disminuiría. Lograr la misma moderación salarial conllevaría –si no hay acuerdo– más desempleo –y más miedo al desempleo– y una demanda agregada más débil, lo que, sumado a una política fiscal tibia, supondría un crecimiento del PIB raquítico o nulo.
Supongo que este escenario es el asimilable al que se produciría aplicando una política ortodoxa. Se aceptan desmentidos. Esta consistiría en una reducción de los costes de despido, una modificación de las formas de contratación y una política fiscal que ningún gobierno se atrevería ni sería capaz de llevar hasta lograr aplacar la fiebre alemana, pero que, en cualquier caso, sería insuficientemente expansiva.
¿Podría la expansión de otros países alimentar la recuperación sin la acción estimulante de la política fiscal? La situación podría repetir la historia del Barón Münchausen: un grupo de países hundidos en un pantano esperando cada uno que los demás lo saquen levantándolo por los pelos. Y, aunque algún país actuase como locomotora, el problema radica en que el déficit exterior crecerá, acercándose a los valores previos a la crisis, en cuanto la economía empiece a recuperarse. Con un déficit exterior alto y un desendeudamiento privado al que le queda aún mucho recorrido, sin un déficit fiscal fuerte, la contracción es ineludible.
¿Es la política propuesta viable? Pues que juzgue el lector evaluando las siguientes objeciones:
No es seguro que los sindicatos estén persuadidos ni sean capaces de persuadir a los trabajadores de que vale la pena este esfuerzo de moderación salarial –que supone reducciones del salario real– ni que un gobierno ante la proximidad de unas elecciones se atreva a plantearlo.
Ni tampoco que los mercados no acaben exigiendo tipos de interés tan elevados ante el crecimiento de la deuda que hagan que éste se torne explosivo. Salvo que las instituciones financieras poseedoras de deuda pública española y de la de otros países hagan entrar en razón al Banco Central Europeo, logrando que avale esa deuda o –disfrazándolo como convenga– la compre, librándolas así de las pérdidas que el
default les supondría.
La recuperación de la competitividad española es cosa de dos; implica una pérdida de la competitividad alemana. Pero ¿está dispuesta Alemania a tolerar una tasa de inflación dos puntos superior a la de los países del sur de Europa? Por ejemplo ¿es plausible que el Banco Central Europeo modifique su objetivo de inflación, fijándolo en el 3%, para que Alemania alcance un 4% y los países mediterráneos un 2%? ¿Qué sucedería si Alemania se plantea como objetivo de inflación el 1%?